Tres historias medievales

Tres historias medievales

El medioevo es visto con frecuencia como una etapa insulsa en la historia occidental, comparada con el prolijo “antes” de algunas civilizaciones antiguas y el luminoso “después” del Renacimiento. En particular, a través de Platón, Cicerón o Séneca parece fácil percibir cómo pensaban los griegos o los romanos, y a través de estos, aun los persas y cartagineses son gentes familiares en nuestra imaginación. En cambio, ¿quién, que no sea un académico, podría sentir familiaridad con nombres como Santo Tomas de Aquino, Averroes o Boecio?

Por alguna razón, sin embargo, la edad media siempre ha sido para mí un foco de atracción. Siento simpatía curiosa por aquel mundo difuso, al que imagino habitado por seres anodinos que sobrevivían sin grandes pretensiones en una sociedad venida a menos y sometida a mucha incertidumbre. Imagino que esa es la causa de mi fascinación por los grandes cantares de gesta, en los que uno descubre, en medio de la aparente oscuridad medieval, las grandes pasiones de siempre: celos, amor, venganza, orgullo, sentido del honor y el sentimiento de fatalidad.

Pienso, por ejemplo, en el Cantar de Roldán y en la secuencia de eventos que da al traste con la vida del héroe en su lucha contra los infieles. La trama es más o menos así: el emperador franco Carlomagno se retira del territorio español, tras un acuerdo de paz con el último moro que le hacía resistencia, pero su retaguardia, confiada a Roldán, es traidoramente atacada por los sarracenos. La batalla es “prodigiosa y dura”. Roldán se niega a pedir auxilio y pelea (obviamente) con bravura, pero finalmente sucumbe frente a un enemigo numeroso. Su agonía es una de los momentos más conmovedores que uno puede imaginar, y rompe el alma saber que va a morir solo por orgullo: “Muchas cosas le vienen a la memoria: las tierras que ha conquistado; los hombres de su linaje; Carlomagno, su señor, que lo mantenía. Llora por ello y suspira sin poder contenerse. Mas no quiere echarse a sí mismo en olvido. Golpea su pecho e invoca la gracia de Dios”. Se ha encontrado que, en la vida real, Roldán fue un participante más en una más de las tantas escaramuzas entre moros y cristianos a lo largo del siglo VIII. Al cabo de algún tiempo, la imaginación popular lo convirtió en un caballero ilustre, sobrino del propio emperador Carlomagno, quien llora desconsoladamente al perderlo. La ficción, se ve claro, es mejor que la historia.

El Cantar de los Nibelungos es una especie de crónica de una matanza anunciada, pues el narrador aclara desde el principio que una gran fatalidad se avecina: “Vivía en Burgundia una doncella muy noble, tanto, que en toda la tierra nada más bello podía hallarse. Por ella muchos héroes tuvieron que perder la vida”. El rey Sigfrido y la reina Krimilda forman una pareja de recién casados. Un hermano de Krimilda, Gunter, está casado con Brunilda, quien por enemistad con Krimilda lo instiga a matar a Sigfrido. Gunter comete el crimen a través de un lugarteniente, Hagen. Años después, Krimilda está ya casada con el rey Atila, pero todavía tiene pendiente vengar la muerte del marido anterior. Para eso tiende una trampa a todos los involucrados e inicia un ajuste de cuentas en el que uno a uno va siendo asesinado. Al final, satisface su venganza pero también cae descuartizada. El narrador resume los hechos: “Las bodas del rey habían acabado en sufrimiento. El placer engendra, al cabo de todo, dolor”.

En el Cantar del Mío Cid, la pasión dominante es el honor. Víctima de intrigas palaciegas, el Cid es desterrado por el Rey. En busca de recuperar su honor y la merced del Rey, se dedica a conquistar territorios de los moros, acompañado por un grupo de guerreros. Su prestigio crece sin cesar y, finalmente, el Rey le perdona y hasta auspicia que las hijas del Cid se casen con los infantes de Carrión, dos sujetos de sangre azul pero, como se descubre después, cobardes y malintencionados. Humillados por la grandeza del suegro, al que consideran una especie de arribista, los infantes desahogan el rencor dando una golpiza a sus esposas. No tengo que decir que esto da lugar a una lid en que los infantes reciben la peor parte, tras lo cual las hijas del Cid se casan en segundo matrimonio con dos hombres de honor.

En el fondo, esos personajes y sus dramas me parecen increíblemente cercanos. El personaje de Krimilda es un punto más en la larga secuencia de mujeres poderosas y vengativas, que une a Medea, Herodías, doña Bárbara y La Novia de Kill Bill. El abuso de los infantes de Carrión a las hijas del Cid anticipa la golpiza que Carlo Rizzi da a Connie, la hija de El Padrino, y la imagen de Roldan herido en su caballo me recuerda incontables jinetes que han agonizado en las películas de Hollywood sobre la guerra de Secesión.

Es interesante preguntarse cuáles eventos contemporáneos alcanzarán dimensiones épicas cuando sean pensados por la posteridad, en la misma forma en que una simple escaramuza guerrillera acabó convertida en el Cantar de Roldán. ¿Acabarán Manolo Tavárez Justo o Enrique Blanco como personajes mitológicos en el imaginario del siglo XXIV? ¿Cuánto tiempo hará falta para que el Presidente Balaguer, con sus defectos y virtudes reales, acabe convertido por el recuento popular en un anciano sabio, que vivió por más de cien años y gobernó ciego por más de cuarenta o cincuenta? ¿O acabará el imaginario del futuro atribuyendo poderes sobrenaturales al talento empresarial de Pepín Corripio? Me encantaría poder responder.

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